domingo, 1 de mayo de 2011

EL CHATO BAZÁN, UN VERDADERO SALAMANCA


Nicolás Antonio Bazán(58 años) es el “Chato”. Nació en el Belén de Catamarca. Vidalero y bagualero por culpa de su abuela Rosa, vieja coplera y cuentera belicha. De reuniones familiares pasó al Festival Interescolar de Belén, allá por los 60, luego al Chango Belicho y hoy con su cajita se desangra en los festivales. Integró Los Ponchos Diaguitas, Arenal 2 y Los del Arenal.
Grabó un CD “Canto a los viejos de mi pueblo”.

Don “Pepe” Bazán era maestro rural en las montañas del Belén de Catamarca y doña “Lola”, su esposa, iba con él donde fuera designado maestro. Es así como en el pueblito de Ampujaco (señor del cerro de la aguada, en quechua), hacia el NE de la ciudad de Belén, en medio de las montañas, nació el Chato.
Años después, los Bazán bajaron a la ciudad de Belén e hicieron su casita en el legendario barrio El Arenal, legendario porque allí vivían personajes de fuerte sesgo folklórico, donde cultivar los viejos cantares de la tierra y mantener viva la llamita de la tradición era menester cotidiano. Estaban don Rubio Herrera, Guillermo Urquiza y llegaban José Gerván, Alberto Mercado, Antonio Herrera, el Turu Contreras atraídos por la magia del bar El Árbol, donde se reunía la bohemia del pueblo, haciendo brotar -a fuerza de vino- guitarras, bombos, bandoneones y cajas. Ellos fueron sus verdaderos maestros, pero no se olvida de su profesor de piano, don Rogelio Soto Herrera que en la escuela lo orientó para formar sus primeros grupos.
Esa bohemia de El Arenal fue el caldo de cultivo donde el Chato pasó parte de su niñez y adolescencia, pero cuando volvía a su casa se envolvía en otra magia, la de su abuela Rosa, vieja coplera, vidalera y cuentera, que le “echaba” coplas para que el Chato las repita cantando.
Su casa, de antigua estirpe pueblerina, importante zaguán y amplio fondo, era un gran fogón donde se cantaba, improvisaba y recreaba el folklore de los viejos del pueblo.
El Chato aprendió a tocar la guitarra “de oído” y empezó a darle al canto, al bombo y a la cajita. Siguiendo las huellas de su padre y su abuela, desgranaba coplas en vidalas y bagualas. De adolescente armó grupos folklóricos con los changos amigos: Daniel Herrera, Tatalo, Pacho Urquiza, Lalo Cura, Penco Gerván, Domínguez, Gringo Medina, Gigo Vega y Meco Romero, hasta que retomó su antigua raíz, la de don Pepe y la abuela Rosa: sólo con su caja y sus coplas.
Empezó con la vieja caja de su abuela, hasta que -sintiéndose lutier- construyó la propia,  preparada y con las maestranzas -como decían los viejos- del bombo, para encontrar el tono y poder seguirlo con el canto sin perderse.
Las vidalas y bagualas le nacen desde lo más profundo, se afinan por un falsete y trepan por su caja, por momentos quejumbrosa, melancólica, lenta y triste hasta que brota picaresca y alegre.
Yo soy un simple cantor de vidalas que las recopilo y las canto para que no se pierdan, murmura el Chato y en sus presentaciones no faltan composiciones de don Rubio Herrera, Pacho Urquiza o Daniel Herrera.
Pero no es todo fácil, los cultores de estas manifestaciones populares profundas, no siempre son convocados a los grandes festivales y deben luchar para conseguir un lugar.
Se preocupa porque estas coplas populares se van perdiendo, se va cortando poco a poco esa transmisión oral de generación en generación, como ocurrió con él, y sueña con que lo manden a recorrer cerros y valles, visitando pueblito por pueblito incentivando estas manifestaciones, recopilando coplas que aun perviven en la memoria de los ancianos, y haciendo que se vuelva a cantar con caja, pero se le hace difícil, muy difícil. El Chato como muchos bohemios y soñadores no vive de su arte y de su pasión. En realidad sí vive de y por ellos, pero debe echar mano a un trabajo para mantener a su familia.
Cuesta mucho imaginarse al Chato en un lugar que no sea una guitarreada, una reunión de amigos o un escenario, pero la realidad es cruel y contradictoria: el Chato del falsete largo y profundo, el de las coplas echadas y arriadas a puro corazón y de caja izada a la luna, todas las mañanas –desde hace mas de 30 años- en una oficina, se disfraza de Jefe del Registro Civil de Belén.
Por las noches, desde su Belén, imaginariamente hace contrapuntos con Mariana Carrizo en Salta o con Eusebio Mamani encaramado en Fuerte Quemado, Santa María.
Recurrentemente el recuerdo de su abuela Rosa está presente en su relato, que lo interrumpe para cantar bajito una copla popular que aprendió de su boca:

Pido permiso señores
pa´ que cante un salamanca
con su cajita de organo
con su banderita blanca

y explica que un salamanca se refiere a buen cantor. Los viejos del pueblo cuando escuchaban  a un cantor así decían, mierda, si parece que viene de la salamanca.
Y vuelve a insistir bajito:

Si canto decís que lloro
si lloro que te enternezco
me callo pa darte el gusto
ya dices que te aborrezco

… y la copla se le corta por la emoción. Me pierdo por la ventana buscando el sol tibio del invierno catamarqueño, así evito poner en evidencia la humedad incómoda que como una chirlera le rebota suavecito en sus ojos.
Ahí me di cuenta que el Chato Bazán, por más que todas las mañanas se escude tras un escritorio y se disfrace de Jefe del Registro Civil de Belén, es un salamanca.

La caja, chayera cuando se la usa en carnaval o vallista cuando es portada por personas de los valles, está presente en el NOA desde épocas prehispánicas. Es un instrumento de percusión (membranófono) formado por dos membranas o parches de piel (venado, guanaco o chivo) tensadas a ambos lados de una caja de madera de cardón o sauce de unos 10 cms. de altura. Su sonido es indeterminado, pues no produce notas de altura definida.
En el parche inferior hay unos bordones o chirlera (cuerdas de tripa estiradas, crin de caballo, hilo o cuerda sobre la membrana) que proporcionan a la caja un sonido característico (como de cascabel) cuando es percutida, pues rebotan sobre el parche, es decir el impacto original del palillo es envuelto por un número variable de micro impactos producidos por el rebote. Este efecto varía cambiando la tensión de la chirlera.
La caja está presente en casi todas las manifestaciones tradicionales del NOA, ya sean festivas, ceremonias populares o religiosas pues es utilizada en actividades rituales, donde los sonidos, el ritmo y el movimiento desempeñaban un papel importante para entrar en contacto con el mundo espiritual y estaba estrechamente relacionada con rituales de fertilidad, sacrificios, culto a los muertos y ritos agrarios en agradecimiento a la Madre Tierra, donde marca el ritmo y acompaña al resto de los instrumentos.

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